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Jorge Luis Borges

  • Natalia Ulloa
  • 22 sept 2014
  • 5 Min. de lectura

El 24 de agosto de 1899, a los ocho meses de gestación, nace en Buenos Aires Jorge Luis Borges en casa de Isidoro Acevedo, su abuelo paterno. Es bilingüe desde su

infancia y aprenderá a leer en inglés antes que en castellano por influencia de su abuela materna de origen inglés. Georgie, como es llamado en casa, tenía apenas seis años cuando dijo a su padre que quería ser escritor. A los siete años escribe en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, La visera fatal , inspirado en un episodio del Quijote ; a los nueve traduce del inglés "El príncipe feliz" de Oscar Wilde.

Fue un escritor argentino, uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX. Publicó ensayos breves, cuentos y poemas. Su obra, fundamental en la literatura y en el pensamiento humano, ha sido objeto de minuciosos análisis y de múltiples interpretaciones, trasciende cualquier clasificación y excluye cualquier tipo de dogmatismo.

"Mis libros (que no saben que yo existo)son tan parte de mí como este rostrode sienes grises y de grises ojosque vanamente busco en los cristalesy que recorro con la mano cóncava.No sin alguna lógica amargurapienso que las palabras esencialesque me expresan están en esas hojasque no saben quién soy, no en las que he escrito.Mejor así. Las voces de los muertosme dirán para siempre."

Jorge Luis Borges, «Mis libros», La rosa profunda

Borges empieza este breve poema dejando caer un malicioso malentendido que no se encargará de aclarar hasta casi el final del texto. Lo lógico es que el lector se deje llevar por esta interpretación errónea: cuando Borges habla de sus libros no se refiere a los que ha escrito sino que está expresando la posesión material más simple y llana.

Bajo el grupo de “mis libros” quedan incluidos los libros de su biblioteca, los que leyó y releyó, los que aprendió casi de memoria y que sabía recitar ya en plena ceguera. No son “mis libros” los de su alma, sino los hijos del alma del vecino. Es inevitable pensar en ese otro poema mucho más conocido, de Elogio de la sombra, «Un lector», y en su maravilloso arranque en el que Borges pone la lectura siempre por encima de la escritura: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».

Borges siempre declinó llamar la atención sobre su propia obra, el otro Borges siempre rehuía de sí mismo y de su propia opinión y buscaba el consuelo en la cita ajena. La concepción de la posteridad, tan innovadora por otra parte, ha quedado por ser profundamente borgeana. El artista puede sobrevivir no en su propia obra sino en la de los demás. Su obra, a pesar de haber pasado ya a la posteridad ―a la Historia de la Literatura con mayúsculas― podría estar sujeta a la contingencia de las modas; un clásico, un autor consagrado, en el que se haya visto reflejado una sola vez en algún momento de su vida puede asegurarle para siempre ese paso a la Historia.

Ese paréntesis aclaratorio, esa indicación de la inconsciencia de los libros sobre la existencia del lector, no hace sino subrayar el carácter unilateral de la comunicación literaria. Si Quevedo había puesto de manifiesto la dimensión conversacional de los libros en uno de los poemas escritos en Torre de Juan Abad al decir «vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos», Borges en este poema se encargaría de señalar que el libro habla pero no escucha.

Se trata esta de una soledad que queda enmarcada en el periodo temporal de la vejez, simbolizada en el color gris, el de las canas. Es una soledad que se comprende en el periodo de mayor aislamiento de Borges, el de su ceguera. Con esos libros que Borges ha leído, más con los que recuerda que con los que le son recitados de vez en cuando, siente una mayor identificación que con su propio rostro, que le ha sido vetado a causa de la ceguera, un rostro que sólo le ha sido permitido conocer a través de sus manos.

La ceguera, efectivamente, le ha aislado aún más del mundo, porque le ha separado de su punto de unión más fuerte con el mundo: los libros. La ironía de esta separación se expresa de forma impecable en el comienzo del «Poema de los dones», cuando Borges habla de la maestría de Dios al darle al mismo tiempo los libros ―en referencia a su nombramiento como director de la Biblioteca Nacional― y la noche.

Efectivamente, esa capacidad de permanecer en los libros que han escrito otros, de reescribirlos en la lectura, es algo que Borges se había planteado en el ensayo «Kafka y sus precursores». Borges lo ha conseguido. Efectivamente ha sobrevivido en otros escritores, en ocasiones más que en sí mismo. Al igual que ocurre con el adjetivo “kafkiano”, es posible usar el adjetivo “borgeano” para calificar a escritores que no son el propio Borges, para hablar de autores que jamás han leído al escritor argentino o que incluso son anteriores a él.

El Aleph (fragmento)

" En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño.

Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una BARAJA ESPAÑOLA, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. "


 
 
 
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